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El consuelo entre los familiares de asesinos
Jueves 3 de febrero de 2011
[/Publicado en NY Times el 21 de enero, 2011/]
Tucson - Pocos visitantes pasan por el jardín de cactus y se adentran en el oscuro rancho donde Randy y Amy Loughner han pasado casi todo el tiempo solos con su dolor. La matanza de Arizona de la que se acusa a su problemático hijo de 22 años abrió una brecha entre ellos y el resto de la ciudad de Tucson, todavía en fase de recuperación.
Pero lejos de allí, dos personas que no conocen a los Loughner les están buscando y parece que otros seguirán sus pasos.
Cuando Jared L. Loughner fue identificado como el autor de los disparos a 19 personas en esta ciudad hace dos semanas, sus padres entraron a formar parte de un círculo cuya pertenencia es una maldición: los familiares de los autores de matanzas. Ahora, otras personas de este círculo de familiares empiezan a mandar invitaciones a los Loughner.
David Kaczynski, hermano de Theodore J. Kaczynski, apodado Unabomber, dejó un mensaje al abogado de oficio del Sr. Loughner en el que se ofrecía a escuchar, si los padres querían hablar con «alguien que hubiera pasado por una experiencia similar», recordaba.
Robert P. Hyde, de Albuquerque, tuvo la misma idea. Su hermano tenía una enfermedad mental y asesinó a cinco personas, dos de ellos agentes de policía. Decidió buscar la dirección de los Loughner y les envió una carta donde les invitaba a contactar con él. El mensaje de esta carta, comentó el Sr. Hyde por teléfono, era que «tú no tienes la culpa de lo ocurrido».
Después de las matanzas en pueblos y ciudades estadounidenses, los familiares de los asesinos se enfrentan al duro examen de los vecinos, que se preguntan hasta qué punto es cierto el refrán de «de tal palo, tal astilla» o si hubo abusos en el entorno familiar que facilitaran la conformación de un asesino. El dolor de estos familiares puede provocar una reacción compleja, ya que el mundo exterior cuestiona si son víctimas por derecho propio, si facilitaron la acción del asesino, o ambas cosas.
Mientras que las verdaderas víctimas de un crimen y sus familiares «tienen gente a su lado que tira del carro», como dijo el Sr. Hyde, «nosotros, por el contrario, no queremos ni mencionar el tema. Nunca diré que he perdido también a mi hermano y que ya no podré irme nunca más de pesca con él».
«Parecería frío y cruel», añadió. «La gente no lo entiende. Y tú no quieres ofender a nadie».
Así que, concluyó, «te lo tragas».
Si la situación les supera, hay casos en que los familiares de los asesinos se consuelan entre sí, creando una red emocional frágil y tensa entre las familias más aisladas del país.
Tras la matanza cometida por su hermano en 2005, el Sr. Hyde llamó a David Kaczynski, que por aquel entonces era un activista destacado contra la pena de muerte. En ese momento, el Sr. Hyde estaba tan aturdido, tan consumido por las dudas - ¿cómo ha ocurrido esto? ¿qué podría haber cambiado? – que casi no conseguía ni vestirse por las mañanas.
«Hablamos», recuerda el Sr. Hyde, de cincuenta años. «Resultó muy útil, algo espiritual. El hecho es que ambos éramos hermanos de una persona que hizo eso».
La necesidad de asesoramiento jurídico –por ejemplo, para ayudar a un hermano o a un hijo a que no se le condene a la pena de muerte – puede desencadenar estas llamadas. En 1999, William Babbitt, el hermano del enfermo mental autor de una oleada de asesinatos en California, contactó con el Sr. Kaczynski porque creía que su hermano no merecía la pena de muerte, como fue el caso de Theodore Kaczynski.
La frágil red de familiares ofrece el mínimo consuelo de saber que otros han sufrido el mismo destino.
El Sr. Kaczynski recuerda sentirse tranquilizado hace más de una década – cuando estaban juzgando a su hermano – al recibir una nota de los padres de John C. Salvi III, que asesinó a dos recepcionistas de una clínica abortiva. «Pensamos en ti, rezamos por ti y te entendemos», fue el mensaje que recibió, dijo Kaczynski.
«Al principio, sientes que eres la única persona a la que le ha pasado algo así», dijo Lois Robison, cuyo hijo, que tenía una enfermedad mental, fue ejecutado en Texas en 2000 por el asesinato de cinco personas. «Dejamos de ser Ken y Lois Robison, los maestros y pasamos a ser Ken y Lois Robison, los padres del asesino en serie.»
La Sra. Robison, de 77 años de edad, habla frecuentemente con los familiares de otros hombres a los que el estado ha ejecutado.
Cuando piensa en la matanza de Tucson, la Sra. Robison recuerda cómo reaccionó cuando se enteró del crimen que su hijo acababa de cometer: no podía parar de llorar hasta que le dieron sedantes. Afirmó que imaginaba que los Loughner se sentirían como “parias”; ella también lucho contra esa sensación. Tras la matanza cometida por su hijo, algunos padres pidieron que cambiaran a otra clase a sus hijos.
Aunque la avalancha de reporteros se haya marchado de la casa de los Loughner, en la práctica ellos siguen viviendo escondidos. Hasta el lunes, cuando salieron de la casa para subirse a un coche que les esperaba en la puerta, había habido tan pocas señales de vida que los vecinos pensaban que se habían marchado.
Desde entonces, al Sr. Loughner, un hombre alto con un bigote poblado, se le había visto salir de casa de forma ocasional en su coche negro. El jueves por la tarde, llevaba una gorra de béisbol bajada hasta los ojos cuando salió del coche, entró rápidamente en su casa y desapareció tras la puerta de madera sin decir palabra.
El capitán Mark. E. Kelly, el marido de Gabrielle Giffords, miembro de la Cámara de Representantes de EE.UU., que fue herida de gravedad en la matanza, ha dicho a ABC News que estaba abierto a la idea de reunirse con los padres del Sr. Loughner, añadiendo que “deben de estar sufriendo en esta situación igual que cualquiera.”
Los comentarios del capitán Kelly han desencadenado la reflexión entre quienes ya han pasado por el conocido ritual de cura, donde la familia del asesinado se reúne con la familia del asesino.
Bill McVeigh, padre del autor de la matanza de Oklahoma Timothy J. McVeigh, aventuró en una conversación telefónica el jueves con Bud Welch, padre de una de las víctimas, que «es demasiado pronto para que uno de los familiares de la víctima hable de eso», según indica el Sr. Welch. En su caso, el Sr. McVeigh y él, que hablan con cierta frecuencia, no se vieron en más de tres años tras el acto terrorista del hijo de McVeigh.
El Sr. Hyde y otros pocos buscan por su cuenta a los familiares de otros asesinos pero muchos no toman este camino. De hecho, los familiares de los autores se convierten en parias tales que fue un grupo de víctimas de delitos graves el que organizó por primera vez un encuentro formal entre ellos. En 2005, un grupo de familiares de víctimas de asesinato, todos en contra de la pena de muerte, celebró una conferencia para los familiares de unas 20 personas que habían sido ejecutadas por delitos capitales.
Fue «la primera vez en la era moderna que se reunía en la misma sala un par de docenas de personas que tenían la experiencia común de que hubieran ejecutado a un familiar y encontraron un poco de empatía y de solidaridad, algo que nunca habían recibido», comentó Renny Cushing, el director ejecutivo de la asociación Murder Victims’ Families for Human Rights (Familiares de víctimas de asesinato por los derechos humanos), que organizó la reunión.
Marc Lacey y Carli Brosseau han contribuído en este reportaje.
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