International Network for Peace
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La Imagen reacia
Jueves 17 de junio de 2010
[(Alissa Rosenberg Torres es la viuda de Luís Eduardo Torres, víctima de los atentados terroristas del 11 de septiembre en las Torres Gemelas de Nueva York.
Alissa Torrres, que vive en Nueva York, actualmente está escribiendo la historia de su marido para su hijo. Este artículo apareció originalmente, en inglés, en Salom.com en enero de 2002. Igualmente puede consultarse aquí en el artículo 623)]
[/25 de enero de 2002/]
"Los niños nacen con un pan bajo el brazo", ese dicho español me repetía Eddi cada vez que hablábamos de nuestras malas perspectivas económicas. Esperaba nuestro primer hijo para el otoño y estábamos preocupados porque no iba a poder trabajar entonces.
Ese dicho ha resultado ser verdad, Dejé el trabajo cuando nació en octubre nuestro hijo, pero había dinero para cubrir todos nuestros gastos y más dinero anunciado por llegar.
Eddie murió el 11 de septiembre y se hizo el pan bajo el brazo de mi hijo.
Es un tiempo extraño en mi vida: mi querido marido va al trabajo y muere al golpear un avión su edificio. Entonces, mientras trato de asumir esa pérdida y de aprender el arte de ser una madre sola, llegan en el correo sin cesar cheques de distintas cantidades. Un día puedo recibir 1.500 dólares del Fondo de Apoyo Cantor Fitzgerald y otros 1.000 de la Cruz Roja para atender a otras necesidades. Otro día me puede llegar más -del Fondo de Camino Unido 11 de Septiembre, de la Mesa de Víctimas del Crimen de Nueva Cork y de la Seguridad Social. Y mientras llega el dinero de instituciones gubernamentales, benéficas, fondos especiales creados justo después de la tragedia, hay un puñado respetable de dólares que va a enviarme el Fondo Federal de Compensación, si los acepto en vez de recurrir.
Cada cheque me recuerda el debate que ha habido sobre la razón de que tengan tanta importancia las familias de 11 de septiembre, sobre todo en comparación con las afectadas por las explosiones de Oklahoma y por todas las tragedias que ha habido en el pasado y habrá en el futuro. ¿Cuánto merecen unos y otros? No lo sé. Lo que sé es lo afortunada que soy, junto con todos los demás desdichados afectados por el 11S, al estar vinculada precisamente con esta tragedia y no con cualquiera otra de menor impacto en la imaginación pública. También me hacen pensar los cheques en la manera que le tocó morir a Eddie, en comparación con otras que le pudieron haber ocurrido, pero esas otras maneras a él no le tocaron. Recuerdo los peligros que corrió este año. ¿Si Eddie no se hubiera levantado después de caer de bruces esquiando el invierno pasado? ¿Si aquel día en esta primavera hubiese plantado cara al matón en la pizzería? ¿Si el verano pasado hubiese chocado al entrar en el aparcamiento?
Una muerte de cualquier otra manera pero no por el terrorismo hubiera tenido consecuencias bien distintas. Desde luego no hubiesen llegado tantos cheques en el correo. En cambio hubiera sido más serena y tranquila. No me hubiera encontrado en un sitio tan alto en la jerarquía de sentimiento y simpatía de esta nación, como viuda desconsolada con un bebé después del 11S. Lo último que me podía imaginar y lo que menos quiero.
Si aún me queda algo familiar en estos días son los paseos con mi perro de diez años, tratando de no toparme con vecinos que me tratan de consolar por la muerte o me felicitan por el nacimiento, poniéndose nerviosos en cualquier caso. Cuando hago una escapada a Manhattan, siento cómo me asaltan las banderas izadas tras el 11S y todo el Dios-salve-América como un fetiche de escaparate para promocionar ventas, algunos dioramas con doble imagen de una bandera ondulante sobre un trasfondo de banderas. Banderas en jirones colgando de antenas, broches, pins, parches, chapas, montones de bisutería.
Las banderas y los objetos de venta de las Torres me dejan clavada en un sitio donde no quiero estar. Me cortan el aliento impidiendo que mis heridas empiecen a curarse. Cada cosa me hace volver al comienzo de todo esto, el telefonazo de mi hermano preguntando "¿No había empezado Eddi justo ahora a trabajar ahí?". Mi tragedia es personal pero me veo forzada a presentar sus terribles dimensiones en las noticias de la noche, en los diarios, y en cada publicación de los quioscos.
Puede que hasta haya sido forzada a testimoniar sobre los últimos momentos de mi marido en una página impresa. Cerca de una semana tras la tragedia, sin ninguna noticia de Eddi, eché un vistazo a la revista Time de un amigo. Hasta entonces había evitado mirar las imágenes y escuchar la radio para seguir el desarrollo de los acontecimientos. Pero esa vez, no se por qué, miré la revista. Y vi una foto con gente pequeñita por el aire, como duendecillos, cayendo de la torre. Una persona parecía estar medio fuera del edificio a punto de saltar. Los detalles eran difíciles de reconocer, pero llevaba una camisa del color de la que se había puesto mi marido ese día -el azul eléctrico tan popular entre empleados en días de trabajo-. El hombre en la foto tenía el mismo pelo y el mismo color de la piel que mi Eddie. Allí estaba él, con cara hosca a punto de saltar al vacío sin paracaídas.
Pocos días después me llamaron unos detectives para decirme que se había recuperado el cuerpo de Eddi. El certificado de defunción ponía "Causa inmediata: Traumas múltiples por golpes en la cabeza, el torso y las extremidades". Había dado el salto.
Aun pienso en esa imagen del Time. Estoy segura de que si quisiera comprobarla, Time me ayudaría y quizá incluso sería capaz de enviarme una serie de fotos con todos los instantes de la caída, documentando así la realidad de su muerte. Estoy segura de que las imágenes me ayudarían -me forzarían- a aceptar la muerte de Eddi, todavía tan irreal. Pero por ahora no quiero saber nada de ellas.
Ahora estoy esperando a ver cuándo sale la película del World Trade Center, deseando que no hable de mí. Me siento tan mirada que hasta me imagino que el Playboy me va a proponer posar con una túnica de raso roja, blanca y azul con el pecho desnudo patrióticamente para dar de mamar a mi niño post 11S. Y me pregunto entonces seriamente qué familia va a ser la primera en hacer algo por el estilo.
Además de ondear banderas, dar dinero a las familias víctimas es ya un deber patriótico de América. América quiere que nos vaya bien, que tengamos dinero, seamos felices y sanos, Si estamos OK, de alguna forma, por extensión todos los americanos van a estar OK. Es la forma americana de curarse.
Puestos a imaginar, por cada bandera podría llegarme por lo menos un dólar, por cada palabra impresa 5, por cada frase grabada 500 y por cada foto un millón. Ese dinero lo recibiría como la tarifa por alimentar América con el contenido mediático que ansía consumir a toda costa día tras día. Es el pan que trae mi hijo bajo el brazo, una bendición fatal que nos alimenta día tras día.
Si Eddi siguiese vivo, probablemente tendríamos hoy problemas económicos, a no ser que nos tocase la lotería, evidentemente. Y se solía decir, sobre todo cuando los premios llegaron a cantidades astronómicas, que es más probable morir en un atentado terrorista que ganar el gordo. ¿Quiere decir eso que ahora tengo más probabilidades?
Al aceptar el dinero, que hay que reconocer que ayuda -mucho- y digiero la simpatía con que me lo dan, espero que llegue el día en que nuestras historias se hayan gastado y que me quede sola para hacer una vida normal. Después de todo, pese a la agitación emocional que generó el 11S, América sigue siendo el país de las vías rápidas. Siendo así, mientras madura el nuevo mundo que ha nacido de mi tragedia, no estoy tan segura que se me permita retirarme al anonimato. Puede que el 11S siga mostrándome eternamente y hacer que mi pérdida siga tan abierta al público como el “ground zero” (la zona cero o solar de las torres).
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