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Entrevista con Robi Damelin

Lo perdoné

Por Kobi Ben-Simhon - HAARETZ - Traducción de Beatriz Abril Alegre

Jueves 8 de octubre de 2009

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[/Jueves 24 de Septiembre de 2009/]

Está sentada frente a la cortina blanca del balcón y lleva una galabia negra. «Lo verdaderamente raro de mi vida a día de hoy es que no tengo secretos», dice Robi Damelin, de 65 años, activista en la organización Israeli-Palestinian Bereaved Families for Peace (también conocida como Círculo de Padres-Foro de Familias, o PCFF por sus siglas en inglés). «Solía ser una persona que defendía mucho su privacidad. A pesar de tener una empresa de relaciones públicas en Tel Aviv y muchos amigos periodistas, nunca invité a ninguno a mi casa. Hoy todo está abierto, libre. Después de que asesinaran a David, fui al psicólogo. Me dijo: “Sabes, Robi, ahora eres libre”. Al principio no lo entendí. Me preguntó: “¿Qué más puede pasarte? A partir de ahora, harás cosas y ni el miedo ni el ego se cruzarán en tu camino.” Y tenía razón. Desde que mataron a David, mi vida ha cambiado, ha tomado otro rumbo. Todas mis prioridades y sentido de la proporción han cambiado. No creo que la gente pueda entender lo que realmente significa perder a un hijo.»

Hace siete años, un palestino tomó posición en una colina desde la que se podía ver la intersección donde se encontraba la Policía británica, al norte del asentamiento de Ofra en Cisjordania, y durante más de 20 minutos utilizó un rifle antiguo para ir matando uno por uno a soldados y a civiles en el puesto de control de Wadi Haramiya. Disparó 25 balas y mató a tres civiles y a siete soldados de las Fuerzas de Defensa israelíes, incluido el hijo de Damelin, David. El francotirador resultó ileso. El incidente y las excelentes habilidades de tiro que parecía tener generaron muchas especulaciones sobre la identidad del tirador. Algunos decían que debía de ser un francotirador muy experimentado de la Fuerza 17 de la Autoridad Palestina, o incluso de la Armada republicana irlandesa. Dos años y medio después, en octubre de 2004, Ta’er Hamad, de 24 años y miembro de Fatah, fue capturado por una unidad de las Fuerzas de Defensa israelíes que operaba en el pueblo de Silwad. Durante su interrogatorio, reveló que en 1998 encontró un rifle antiguo y 300 balas y que lo cogió para ir al valle a practicar el tiro. También indicó que el día del atentado, sólo dejó de disparar porque el rifle se le había roto en sus propias manos.

La captura del francotirador y el descubrimiento de su identidad dejaron a Damelin descorazonada. «Cuando le cogieron, no sentí ninguna satisfacción», dice. «No hay lógica en la venganza y nunca busqué venganza. Para mí, esta captura fue la prueba real de mi percepción de mí misma, una prueba para ver si realmente pienso lo que digo cuando hablo de reconciliación, de paz. Pensé “¿cómo puedo ir por el mundo hablando de reconciliación y paz si yo misma no comienzo por ese camino?” Durante cuatro meses, mi vida fue una agonía, busqué dentro de mí misma, intenté comprender si realmente lo pensaba y al final decidí escribir una carta a la familia del francotirador.»

Los amigos palestinos del Foro de Familias le entregaron la carta a la familia, que decía así:

«Para mí, ésta es una de las cartas más difíciles que tendré que escribir en mi vida. Me llamo Robi Damelin, soy la madre de David, que fue asesinado por su hijo. Sé que no mató a David porque fuera David; si le hubiera conocido, nunca habría hecho algo así. David tenía 28 años, estudiaba en la Universidad de Tel Aviv y estaba haciendo un máster en filosofía de la educación. David era parte del movimiento por la paz y no quería servir en los territorios ocupados. Sentía compasión por todas las personas y entendía el sufrimiento de los palestinos. Trataba a todos a su alrededor con dignidad. David era parte del movimiento de oficiales que no quería servir en los territorios ocupados, pero por muchos motivos fue a servir cuando le llamaron a cubrir un servicio de reserva.

Lo que provoca que nuestros hijos hagan lo que hacen, es no entender el dolor que causan a su hijo teniendo que estar en la cárcel durante muchos años y al mío, al que ya nunca podré abrazar ni ver otra vez, o verle casado o del que tendría nietos. No puedo describirle el dolor que siento desde su muerte y el dolor de su hermano y su novia, y de todos los que le conocían y le querían.», escribió Damelin.

El juez del Tribunal Militar, Yehuda Lieberman, condenó a Hamad a 11 cadenas perpetuas.

«Entiendo que el pueblo palestino considere a su hijo un héroe. Se le considera ser un luchador por la libertad, que lucha por la justicia y por un estado palestino independiente y viable,» escribió Damelin en la carta a la familia de Hamad, «pero también siento que si entendiera que llevarse la vida de otra persona no es la solución y si comprendiera las consecuencias de sus actos, vería que la solución de la no violencia es el único camino que tienen ambas naciones para convivir en paz… Nuestras vidas como dos naciones están tan entrelazadas, que cada uno de nosotros tendrá que abandonar sus sueños por el futuro de los niños que son nuestra responsabilidad… No sé cuál será su reacción, he corrido el riesgo, pero creo que lo entenderá, ya que proviene de la parte más sincera dentro de mí. Espero que le enseñe esta carta a su hijo y que quizá podamos conocernos en el futuro.»

Algo no va bien

Something isn’t right here

La película tuvo un gran impacto en Damelin. Le sacó de su rutina diaria y le llevó a dar un paso poco común. «Este proceso se estaba gestando dentro de mí», dice. «Durante el tiempo en que aún no habían cogido al chico que mató a David, estaba como fuera de ello. Cuando le cogieron, algo cambió. La gente de las fuerzas armadas vino y me dijo que le habían cogido, pensaban que me iba a poner a bailar alrededor de la mesa y a brindar para celebrarlo. Pero les dije de inmediato que quería conocer al tirador. No esperaban esa reacción. Me preguntaron que si quería asistir a su juicio. Eso no era lo que quería, no me parecía importante. También pensé en él, en el tirador. Sé que cuando era un niño, mataron a su tío ante sus ojos. Fue brutal. En una segunda intifada, desaparecieron dos de sus tíos. De repente, decidió vengarse, pero lo que no entendió es que no existe tal cosa. No importa a cuánta gente mate, no le hará sentirse mejor.»

¿Sabes cómo reaccionaron sus padres a tu carta, a tu dolor?

«Probablemente no esperaban recibir una carta de una madre a cuyo hijo lo mató su hijo. Me comentaron que ellos dijeron que si todos firmaran mi carta, habría paz. Pero no hicieron nada con ella. Yo esperaba que se la dieran a su hijo, pero no fue así. No sé por qué. Hace poco más de un año, a petición mía, un miembro palestino del Foro que visita a prisioneros palestinos leyó mi carta al tirador. Se quedó impactado, como te puedes imaginar. Dijo que me escribió una carta. Ahora estoy esperando a que me la entreguen.»

¿Qué esperas que diga en esa carta?

¿Cómo te sentiste en ese momento?

«Cuando me dijo eso, estábamos comiendo juntos. Cuando lo oí, casi vomito encima de la mesa. Al final de nuestro encuentro, decidí volver a casa en autobús, así tendría tiempo para calmarme. Empecé a pensar. Me pregunté “¿Qué esperabas? ¿Que llegara a casa y lo sintiera? ¿Debería afectarme su comportamiento?” Es muy complicado, como puedes ver. Pensé “¿Qué es el perdón? ¿Puedo encajar todo esto sólo si el tirador me dice que lo siente? ¿Mis sentimientos dependen de él o puedo liberarme de esto sin él? ¿El perdón, intentar reconciliarse, supone renunciar a la justicia?”»

¿Hay respuestas alguna vez?

«A veces. Siento que perdonar a alguien que nos hizo algo malo no significa que aceptemos eso que nos hizo. El perdón no significa que olvidemos lo que hizo. El perdón no justifica la acción. Ni siquiera por un momento quito importancia a la injusticia que se hizo o renuncio el derecho a la justicia. Ciertamente, el perdón no invita al que nos hizo daño a que nos haga daño otra vez.»

Casus belli

En su casa se celebraba Yom Kipur y era un día de gran importancia. «Mi padre fue el representante de la sinagoga ortodoxa de la ciudad. Sin embargo, a pesar de que la sinagoga era ortodoxa, no era como la ciudad de Bnei Irak y la gente iba en coche a los servicios. Yom Kipur era un día en que toda la familia participaba. La mayoría de la familia ayunaba, pero yo no. No creía en eso. Ya desde niña, era rebelde, recuerdo como si fuera ayer que en un Yom Kipur fui al cine a ver una película de Ingmar Bergman. Mis padres se enteraron y en casa hubo un drama tremendo por eso.»

«Yom Kipur era uno de los acontecimientos más importantes en la comunidad judía. Pero yo nunca pertenecí a comunidades de personas. No lo hacía a propósito, es simplemente mi forma de ser. Mi padre siempre intentaba convencerme para que fuera a la sinagoga y yo no quería. El ritual religioso no me dice gran cosa, pero la introspección profunda sí. En el último Yom Kipur decidí llamar a la gente y pedirles perdón.»

¿Qué cambió?

«Empecé con el Yom Kipur hace dos años, cuando conocí a los judíos de una sinagoga en los Estados Unidos. Hablamos del significado del perdón y les leí la carta que había escrito al francotirador. Fue algo muy poderoso. La palabra “perdón”, cuando proviene de un lugar genuino, es extremadamente poderosa. Esta palabra puede cambiar naciones. El perdón es un paso enorme en la creación de la negociación. La gente no entiende el poder del perdón.»

Sensible al dolor

Su adaptación al nuevo país no fue fácil y la mentalidad israelí siguió siendo algo indescifrable para ella durante un tiempo. «Cuando llegué aquí, no sabía lo que era sefardí o asquenazí, no conocía esas categorías», dice. No tenía ni idea del racismo tan inherente a esta nación. No me formé una opinión rápidamente sobre dónde quedarme. Fui donde me llevaba la corriente. Tras el kibutz, fui a un centro de enseñanza de hebreo en Jerusalén para aprender esta lengua y era muy aburrido. Allí conocí a una mujer palestina de Belén que estudiaba en el centro, Vida Mashour, que después se convirtió en la esposa de Lutfi Mashour, el fallecido redactor y editor de A-Sinara, de publicación semanal. La comida en el centro era horrible y me invitó a comer a casa de sus padres. Nos hicimos muy buenas amigas. Me resultó muy fácil conectar con ella, no tenía nada contra nadie.»

Posteriormente, Damelin comenzó a trabajar para el Jerusalem Post. Su primer trabajo allí consistía en responder cartas de lectores enfadados del extranjero, dice con un poco de sarcasmo. «Allí me enamoré de una persona y me llevó dos años descubrir que estaba casado. Después de quedarme con el corazón roto, me mudé a Tel Aviv. En la nueva ciudad, trabajé para la Federación Sionista Sudafricana. Principalmente mi trabajo se centraba en ayudar a los inmigrantes recién llegados a encontrar trabajo. Durante ese período, me casé con un viudo judío de Sudáfrica, pero nos divorciamos unos años después. Vivimos en Herzliya y tuvimos dos hijos que se llevaban un año de diferencia. Eran y David.»

Tras el divorcio, Damelin volvió a Tel Aviv con sus hijos, que tenían ocho y nueve años, y abrió una empresa de relaciones públicas que estuvo en funcionamiento desde mediados de los ochenta hasta 2004. «Un periodista amigo mío me propuso la idea y pensé que sería una posibilidad interesante, incluso aunque no supiera nada sobre relaciones públicas» recuerda Damelin. «Me gusta aceptar retos y la idea me atrajo. Poco a poco, empecé a entender cómo funcionaba. Con el tiempo, trabajé con el Canal de Historia, con editoriales, con Lehem Erez [una cadena de cafeterías muy famosa] y el Canal National Geographic.»

El arma más poderosa

Cuanto más descubría sobre la actividad del Foro, más se daba cuenta de que ese grupo al que al principio era tan reacia a unirse, sería un cálido hogar, un lugar donde le gustaría estar y mediante el cual podría actuar en nombre del cambio y de la reconciliación entre estos dos pueblos. «Me costó un poco decidir dedicarme a esto y ahora es mi vida», dice. «Después de que asesinaran a David, comencé a buscar una forma de evitar que los israelíes y los palestinos experimentaran esta pérdida tan terrible. Busqué una forma de parar el ciclo de la violencia. Hubo momentos muy poderosos que hicieron que estos encuentros me cautivaran.»

Da un ejemplo de esos momentos. «Estaba viajando a Italia con Nasra Shihab, una madre palestina que perdió dos hijos. Estábamos sentadas una junto a la otra en el autobús de camino a una entrevista conjunta para la radio del Vaticano. Ella no habla hebreo ni inglés y mi árabe deja mucho que desear, así que cogió dos fotos de sus hijos de la cartera y me las puso en el regazo. Desde ese momento, hemos tenido un vínculo extremamente fuerte que trasciende el idioma y la cultura. Tiene que ver con el dolor. Me di cuenta de que el dolor es nuestra arma más poderosa para una confianza compartida.» David, un oficial en el cuerpo de ingenieros de combate, era uno de los oficiales del servicio de reserva que se negó a servir en los territorios. ¿Por qué acudió cuando le llamaron?

«Cuando se formó un grupo de oficiales que no quería servir en los territorios, David se unió a ellos y fue a todas las manifestaciones. Durante todo su servicio normal, era algo que detestaba, no quería servir en los territorios ocupados. Cuando le llamaron para hacer el servicio de reserva, volvió a surgir el asunto. No quería ir, pero en ese momento estaba dando clase en una academia premilitar laica para jóvenes líderes que comenzó en el kibutz Metzer en los Altos del Golán. Él pensó que si no iba al servicio de reserva, estaría defraudando a sus soldados y a sus alumnos. Al final, encontró un motivo para servir y para dar ejemplo a otros tratando a los palestinos con respeto.»

¿Cómo era tu relación con él?

«Éramos muy buenos amigos. Solíamos sentarnos hasta las cuatro de la mañana hablado sobre las manifestaciones que organizaba, sobre cómo rebajar las tasas de matrícula en las universidades, por ejemplo, o sobre cómo hacer que la prensa se interese por la lucha social de los estudiantes. Escuchábamos música juntos, cocinábamos juntos…»

El puesto de control fue desmantelado el día después de que mataran a su hijo, dice. «Estoy enfadada conmigo misma también, por no protegerle, por no evitar que fuera allí. No es una situación donde sólo valga blanco o negro, pero sé que al buscar la reconciliación con el asesino de mi hijo, busco la reconciliación conmigo misma. En este sentido, el dolor es un catalizador. Nunca habría llegado a pensamientos tan profundos si no fuera por el dolor. Es muy duro. Me duele incluso cuando veo a mis nietos, cuando voy a sus fiestas de cumpleaños y pienso “¿Dónde está David? ¿Dónde están sus hijos? En los momentos más felices de mi vida, hay siempre tristeza.»

El nombre de Hamad aparece en la lista de prisioneros que Hamas quiere que liberen a cambio de Gilad Shalit. ¿Cómo te sientes ante la posibilidad de que pudiera quedar libre?

«No puedo decir que sea algo fácil para mí. Es duro pensar que podría andar por ahí libre. Pero la vida es más importante que todo lo demás. Si la liberación de la persona que asesinó a mi hijo salva a Gilad Shalit, mi corazón no alberga ninguna duda de que debe ser liberado. Un intercambio de prisioneros es parte del progreso en las negociaciones. Así es como sucedió en Irlanda [del Norte] y en Sudáfrica también.»

Robi Damelin organizó una exposición internacional de cómics que trataban sobre el conflicto israelí-palestino, a través de la cual espera concienciar sobre la actividad y el mensaje del Círculo de Padres-Foro de Familias. La exposición, titulada Cartoons in Conflict (cómics en conflicto), se encuentra en el Museo del Cómic israelí (Cartoon Museum), contiene trabajos de los cinco continentes. La exposición viajará a los Estados Unidos y a capitales europeas, indica Damelin, acompañada por dos representantes del Foro, un israelí y un palestino, que la utilizarán como «catalizador para fomentar el mensaje de reconciliación y esperanza».

El Círculo de Padres-Foro de Familias incluye a más de 500 familias, la mitad de ellas israelíes y la otra mitad palestinas, y todas ellas han perdido a algún familiar cercano en el sangriento conflicto entre los dos pueblos. «Precisamente mediante el cinismo y el humor, los cómics muestran lo demente e innecesaria que es la guerra», dice Damelin. «El Círculo de Padres-Foro de Familias ha asumido una tarea muy difícil, un reto», dice Michel Kichka, el comisario de la exposición. «Un reto porque la paz, la reconciliación y la tolerancia parecen inalcanzables por la mañana, más cercanas que nunca por la tarde y lejanas por la noche. Un reto porque el Círculo de padres, en el que todos han sufrido, se dirigió a un tipo de arte que es radical por naturaleza para tratar con este tema tan sensible y complejo. La caricatura es, por definición, mordaz y a veces muy rotunda, tanto divertida como dolorosa. Y consigue darnos en el punto débil porque dice la verdad con unas pocas pinceladas.»

«Cuando entras en la exposición, ves mucho humor y humanidad por parte de los ilustradores», dice Damelin. «Veo a gente muy apática, que en su día a día no dedican ni un solo pensamiento al tema de la reconciliación; al estar en frente de los dibujos y sentirse conmovidos, piensan para sí.»

Original en inglés: ver artículo "I forgave him"


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