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Relato Autobiográfico

Mi Pequeña Historia

Luis Iriondo, testigo del bombardeo de Guernica

Viernes 27 de marzo de 2009

Luis Iriondo Aurtenetxea, natural de Guernica y testigo del bombardeo de esta población vasca, escribe el relato vivo de los acontecimientos.

Aquí ofrecemos un extracto y como documento adjunto al pie de este artículo está disponible el texto completo en PDF.

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Luís Iriondo

Gernika es considerada como la ciudad santa de los vascos. En ella se encuentra el árbol, al que llaman santo y bajo el cual se reunían los representantes de los distintos pueblos para tratar los asuntos relativos al gobierno de los mismos. Al comienzo de la guerra, en el año 1936, era una pequeña ciudad de unos 5.000 habitantes.

Y aquí nací yo. Me llamo Luis Iriondo Aurtenetxea y soy hijo de Juan Iriondo y Elvira Aurtenetxea. Tenía otros tres hermanos: Rafael, el mayor, que entonces tenía 17 años y estudiaba la carrera de Comercio en Bilbao. Patxi, de 9 y mi hermana Mari Cruz, de 5. Mis padres tenían un comercio de muebles y una carbonería. Mi madre se encargaba de la mueblería y mi padre del carbón. Además, vivían con nosotros Damasa, una mujer del cercano pueblo de Bermeo, que llevaba más de 20 años en nuestra casa y que era como una más de la familia. Y también estaban con nosotros la perrita “Perla” y el burro “Perico”.

La primera noticia que tuve de la guerra fue en la playa. Estaba tumbado en la arena cerca de donde mi padre hablaba con un amigo y oía su conversación. Hablaban de que había habido una sublevación de tropas en el norte de Africa, en el protectorado español de Marruecos. No era una noticia muy preocupante en aquel momento porque Africa estaba muy lejos y no era la primera sublevación.

Pero después se precipitaron las cosas. Aparecían por el pueblo coches y camiones con gente armada. Un día dos guardias civiles a caballo y después de convocar a la gente a golpes de tambor leyeron un comunicado declarando el estado de guerra. Para nosotros, los niños, todo aquello era novedoso y casi motivo de juego. Ya no había clases porque la mayoría de los profesores habían quedado al otro lado, en la zona que empezaron a llamar “rebelde”.

El pueblo fue cambiando. Empezaron a faltar artículos de primera necesidad. Se habilitaron cuarteles para las distintas tropas. El frente se había estabilizado a unos 30 kilómetros y comenzaron a llegar noticias de la muerte de jóvenes del pueblo.

La guerra no iba bien para los vascos.

Cuando progresaba el avance de los franquistas, empezaron a llegar los primeros refugiados. El pueblo cada vez estaba más poblado. Con los refugiados, que no cesaban de llegar y las tropas acuarteladas, el pueblo parecía que estaba siempre de fiesta.

Se tuvieron noticias del bombardeo de algunas poblaciones cercanas, especialmente de Durango, que está a 20 kilómetros y se tomaron más en serio la construcción de los refugios.

Al siguiente día, 26, yo iba contento hacía el Banco, después de comer. La víspera había estrenado pantalones largos.

Al de un rato, comenzó a sonar la alarma. El hombre me preguntó:
–¿Por qué tocan las campanas?
–Aviones –le dije sin darle mucha importancia– Es la señal de alarma.
El hombre se asustó.
–¿Dónde hay un refugio? –preguntó.
–Pase el ferial de ganado –le dije– suba unas escaleras y al fondo de la plaza hay varios.
–Acompáñame –me ordenó y no tuve más remedio que seguirle de mala gana.

Gernika estaba sin defensa alguna. Según un telegrama que mandó el presidente vasco Aguirre al Ministro del Aire el 15 de abril, 11 días antes del bombardeo, sólo había 4 aviones en Vizcaya en disposición de prestar servicio.

El incendio de Gernika alumbraba la plaza cuando vi en medio de ella la silueta de una mujer. Era mi madre que gritaba otra vez mi nombre. Eché a correr hacia ella y nos fundimos en un abrazo.
–Vamos al pueblo –me dijo cuando nos separamos al cabo de un rato. Nos van a llevar a Bilbao.
Mientras bajábamos por la carretera, me fue contando lo que había sido de ellos en aquellas horas.

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Lienzo de Luís Iriondo (Luis Iriondo’s Painting)
El incendio de Gernika alumbraba la plaza cuando vi en medio de ella la silueta de una mujer. Eché a correr hacia ella y nos fundimos en un abrazo.
The fire from Gernika illuminated the square and I saw my mother’s silhouette shouting my name again. I ran towards her and we embraced each other.

Cuando llegamos a Gernika, había mucha gente moviéndose de un lado a otro. Gudaris y bomberos de Bilbao trataban inútilmente de atajar el fuego. Movían las mangueras gritando y dándose órdenes, pero habían reventado las cañerías y no salía el agua.

Entretanto, las tropas de Franco habían entrado en Gernika y se acercaban a las fortificaciones que rodeaban Bilbao y que llamaban "El Cinturón de Hierro".

–Estad preparados. Nos marchamos de aquí.
–¿A dónde? –le pregunté.
–No sé, creo que a Francia. Hay un barco que sale esta noche de Santander y tenemos que ir en él. Así no podemos seguir.
Aquella noche embarcamos en un buque carbonero inglés.

Como yo era el único que sabía algo de francés, me convertí en el intérprete de la colonia. Acompañaba a mi madre, que designaron como administradora, quizá por ser la madre del intérprete, a hacer la compra. Eramos unas 30 personas y las mujeres se turnaban en la cocina. Todas las semanas venía un representante del ayuntamiento a pasarnos lista y entregarnos la asignación que no sé de donde procedía. Posiblemente, del gobierno español o el vasco.

A finales del mes de julio, tuvimos noticias de mi padre. Seguía en Bilbao, en la misma casa donde habíamos estado. Rafael, nuestro hermano mayor, estaba prisionero. Nos pedía que volviéramos y mi madre no lo dudó un instante. Era una mujer muy decidida. Dejándome al cuidado de mis hermanos y sin saber una palabra de francés, se fue a Paris, a las oficinas del Gobierno Vasco y arregló los papeles para que pudiéramos volver.

Tuvimos que pasar por Paris, cuando allí se celebraba la Feria Internacional en donde en el pabellón español se exhibía por primera vez el cuadro de Picasso que lleva el nombre de nuestro pueblo. Claro que entonces no lo sabíamos, ni hubiéramos podido ir a verlo. Salimos de noche y a la mañana siguiente llegamos a la frontera.

Lo que encontramos en España era muy distinto a lo que habíamos dejado. Tuvimos que arreglar la documentación en el ayuntamiento de Irún y al entrar en un bar a desayunar, me llamó la atención un letrero que había en la pared. Decía: “Si eres español, habla español”. Yo creí que estaba dirigido a los que venían de Francia, pero se refería a nuestra lengua. Al euskera.

En el tren, de San Sebastián a Bilbao, venía junto a nosotros un señor con el que entablamos conversación. Al decirle de donde éramos salió a relucir el asunto de la destrucción de Gernika y cuando le hablamos del bombardeo, se llevó el dedo a los labios y mirando en derredor, nos dijo:
–No digáis que Gernika fue bombardeada.
–¿Por qué? –le preguntamos.
–Porque hay que decir que fue quemada por los rojos.
Esta vez fue la primera vez que oíamos hablar de este asunto.

Con la llegada de la democracia proliferaron los libros relativos al tema, pero ya no eran una noticia. En 1987 se celebró el cincuenta aniversario del bombardeo como si se tratara de una gran fiesta. Hubo música por todas partes, bailes, conciertos de rock, etc. Llegaron jóvenes de lo más variopinto que se apoderaron del pueblo como plaza conquistada, cometiendo toda clase de desmanes. Fue un día triste para nosotros, los que habíamos conocido el bombardeo. Se estaba celebrando una fiesta de alegría y jolgorio para conmemorar la destrucción de nuestro pueblo y la muerte de muchos seres queridos. Alguien dijo:
–“¡Quiera Dios que no haya otro bombardeo para que no pueda celebrarse otro cincuentenario como éste!”.

Hoy, Gernika es un pueblo moderno y bonito, con una población de unos quince mil habitantes y en la que no quedan recuerdos visibles de su destrucción. En donde estuvo la campa de “plazatoros” hay ahora un amplio recinto dedicado a mercado, donde éste se celebra todos los lunes del año. Los jóvenes, aunque todos han oído hablar en sus casas del bombardeo, lo consideran como un hecho histórico más, ajeno a ellos.

El Ayuntamiento, olvidando hechos pasados, se ha hermanado con otro pueblo alemán, Pforzheim, también destruido, esta vez por los aliados, en la segunda guerra mundial. El gobierno alemán prometió, como acto de desagravio, construir en Gernika una escuela de altos estudios técnicos, pero al final se limitó a hacer una especie de donativo, de 3 millones de marcos, para ayudar a la construcción de un polideportivo.

Hoy Gernika es llamada la Ciudad de la Paz y hay una oficina permanente dedicada a difundir técnicas de reconciliación, llamada “Gernika Gogoratuz” (“Recordando Gernika”)

CARTA DE LOS SOBREVIVIENTES AL PRESIDENTE ALEMAN

Sr. Presidente:

Hace sesenta años destruyeron nuestro pueblo y los responsables de aquel crimen propalaron por todo el mundo la noticia de que habían sido las hordas vascas las que lo habían hecho en su retirada. Que nosotros, los vascos, habíamos sido los autores de aquel horror. Los supervivientes, los testigos directos, fuimos obligados a callar, fuimos amordazados para no desvirtuar la “verdad” oficial. Enterramos a nuestros muertos, perdimos a muchos de nuestros amigos, que, sin hogar y destruido su negocio, hubieron de marchar a otras tierras y callada y lentamente, fuimos levantando de sus ruinas, otra vez nuestro pueblo. Nada pedimos ni nada exigimos. No se albergó el odio ni el rencor en nuestros corazones, pueden decirlo los alemanes que nos conocen y sólo quisimos que nuestro pueblo fuera el ejemplo de lo que nunca más debía ocurrir.
Hemos oído ahora hablar de gestos políticos de buena voluntad e incluso del precio que se ha fijado por ellos. Se ha hablado de marcos y pesetas y no lo hemos entendido. Quizá porque no somos políticos. Pero cuando en un acto de la celebración del sesenta aniversario del bombardeo su embajador nos leyó el mensaje que nos enviaba, si lo hemos entendido. Porque desde la altura de su cargo ha tenido el valor y la humildad, en un gesto que le honra, de asumir la autoría del bombardeo por la Legión Cóndor. Y lo hace con elegancia, extendiendo la mano en un gesto de reconciliación.

Aquí está también la nuestra.

Muchas gracias, señor Presidente.

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Luís Iriondo
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